As Horas da Paixão

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Título Brasileiro: "As 24 Horas da Paixão de Nosso Senhor Jesus Cristo"

Arquivo em Anexo

Las Horas de la Pasión – Luisa Piccarreta

(Amostra do livro disponível em: https://play.google.com/store/books/details?id=DfgEAwAAQBAJ)
(Audio-Livro: https://youtu.be/jQ8qxFpz_Mg)

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Introduccion

A la edad de 17 años, Luisa hizo una novena de preparación para la Navidad con nueve horas de meditación, y después de haberla terminado, Nuestro Señor la invitó a meditar de manera continua las últimas 24 horas que sufrió durante el transcurso de su Pasión, comenzando desde el momento en que se despidió de su Madre (antes de instituir la Eucaristía), hasta terminar en el instante en que fue sepultado.

En cada hora de su Pasión, Nuestro Señor mismo, nos invita a hacerle compañía y brindarle consuelo con nuestro amor, pues poco a poco conforme vayamos penetrando cada escena, cada palabra, cada verdad, cada sufrimiento, iremos comprendiendo cuán grande ha sido el amor de Nuestro Dios y por lo tanto, nos será imposible no amarlo como merece ser amado. Aprenderemos a descubrir y a conocer no sólo la Pasión externa que vivió Jesús, sino también todos aquellos sufrimientos, íntimos y ocultos a los ojos de todas las criaturas: Su Pasión interna.

Por lo tanto, meditar una hora de la Pasión significa unirnos a Jesús, para hacer lo mismo que él hacía durante cada una de las escenas de su Pasión, como por ejemplo: las oraciones y reparaciones que él hacía a su Padre en su interior, cuando era flagelado, coronado de espinas, crucificado, etc… y para ello nos servimos de este libro: "Las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo". De manera que, cada vez que leamos, meditemos, penetremos o profundicemos cada hora de su Pasión, tratemos de hacer nuestras sus mismas oraciones, sus mismas intenciones, sus mismas reparaciones, para poder junto con él, elevarlas al Padre por la salvación y el bien de toda la humanidad.

Después de vivir de manera continua estas Horas de la Pasión por más de treinta años, San Aníbal María di Francia, habiendo sido nombrado por la autoridad competente Censor Eclesiástico para los escritos de la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, le impuso en virtud de la Santa Obediencia poner por escrito estas meditaciones, dando por resultado este Libro de Cielo. Viendo la riqueza de su contenido y vislumbrando todo el bien que haría San Aníbal mismo se encargó de publicarlo en cuatro ediciones (1915, 1916, 1917 y 1924).

Después de que Luisa terminó de escribir el manuscrito original, se lo envío a San Aníbal junto con una carta. En ella le habla de la complacencia que Jesús siente cuando se meditan estas Horas, pues, lo dice ella misma: es "como si Jesús escuchara su misma voz y las mismas oraciones que él hizo ante su Padre durante el transcurso de las últimas 24 horas de su dolorosa Pasión". Así mismo, junto con el manuscrito y dicha carta,Luisa le envió algunas hojas en las que incluyó los efectos y promesas que Jesús hace a aquellos que mediten
estas Horas de su Pasión.

Sobre o Autor

La Sierva de Dios, Luisa Piccarreta nació en la ciudad de Corato en la provincia de Bari, Italia, en la mañana del 23 de abril de 1865, Domingo "In Albis" (actual fiesta de la Divina Misericordia), y el mismo día fue bautizada; vivió siempre ahí y murió en concepto de santidad el 4 de marzo de 1947. Nació de la señora Rosa Tarantino y del señor Vito Nicola Piccarreta, trabajador de una hacienda de la familia Mastrorilli. La pequeña Luisa, la cuarta de cinco hijas, era de temperamento tímido, temeroso; no obstante, era también vivaz y alegre.

El Domingo "in Albis" de 1874, a los nueve años, recibió la Primera Comunión y el mismo día el Sacramento de la Confirmación. Ya desde pequeña mostraba una fuerte inclinación a dedicar largos periodos de tiempo para la meditación y oración, teniendo como elementos fundamentales de su vida interior un encendido amor a Jesús doliente en su pasión y prisionero de amor en la Eucaristía, y una madura y sólida devoción a la Santísima Virgen María. Sus padres no prestaron atención a estas aficiones, hasta que se comenzó a manifestar en su hija una misteriosa enfermedad que la obligaba a quedarse en cama. Los médicos sin poder encontrar la causa y dar un diagnóstico, sugirieron la visita de un sacerdote. Asombrados quedaron cuando a la señal de la cruz Luisa se recuperó de su "habitual estado", como ella misma lo llamaría años después a lo largo de sus escritos.


Oh Señor mío Jesucristo, postrada ante tu divina presencia, suplico a tu amorosísimo corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las veinticuatro horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en tu cuerpo adorable como en tu alma santísima, hasta la muerte de cruz. Ah, dame tu ayuda, gracia, amor, profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos mientras medito ahora la hora… Y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante todas las horas en que estoy obligada a dedicarme a mis deberes, o a dormir. Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

Ofrecimiento Después de Cada Hora

Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta hora de tu Pasión para hacerte compañía, y yo he venido. Me parecía oírte angustiado y doliente que oras, reparas y sufres, y con las palabras más “te bendigo”. Sí, oh Jesús, gracias te repito mil y mil veces y te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos; gracias y te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra, mirada, amargura, ofensa que has soportado. En todo, oh mi Jesús, quiero ponerte un “gracias” y un “te bendigo.” Ah mi Jesús, haz que todo mi ser te envíe un flujo continuo de agradecimientos y bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo de tus gracias y bendiciones. Ah Jesús, estréchame a tu corazón y con tus santísimas manos márcame todas las partículas de mi ser con tu “te bendigo”, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa que un himno continuo de agradecimiento hacia Ti. Nuestros latidos se tocarán continuamente, de manera que me darás vida, amor, y una estrecha e inseparable unión contigo. Ah, te ruego mi dulce Jesús, que si ves que alguna vez estoy por dejarte, tu latido se acelere más fuerte en el mío, tus manos me estrechen más fuerte a tu corazón, tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, a fin de que sintiéndote, rápidamente me deje atraer a la unión contigo. Ah mi Jesús, mantente en guardia para que no me aleje de Ti, y te suplico que estés siempre junto a mí y que me des tus santísimas manos para hacer junto conmigo lo que me conviene hacer. Mi Jesús, ah, dame el beso del Divino Amor, abrázame y bendíceme; yo te beso en tu dulcísimo corazón y me quedo en Ti.

PRIMERA HORA

De las 5 a las 6 de la tarde

Jesús se despide de su Madre Santísima Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Oh Celestial Mamá, la hora de la separación se acerca y yo vengo a Ti. ¡Oh Madre, dame tu amor y tus reparaciones, dame tu dolor, porque junto contigo quiero seguir paso a paso al adorado Jesús! Y he aquí que Jesús viene y Tú con el alma rebosante de amor corres a su encuentro, pero al verlo tan pálido y triste el corazón se te oprime por el dolor, las fuerzas te abandonan y estás a punto de desfallecer a sus pies. Oh dulce Mamá mía, ¿sabes por qué ha venido a Ti el adorable Jesús? ¡Ah! Él ha venido para darte el último adiós, para decirte la última palabra, para recibir el último abrazo. Oh Mamá, a Ti me estrecho con toda la ternura de la cual es capaz este mi pobre corazón, a fin de que estrechado y unido a Ti, también yo pueda recibir los abrazos del adorado Jesús. ¿Me desdeñarás acaso Tú? ¿No es más bien un consuelo para tu corazón tener un alma a tu lado y que comparta contigo las penas, los afectos, las reparaciones? Oh Jesús, en esta hora tan desgarradora para tu ternísimo corazón, qué lección nos das de filial y amorosa obediencia hacia tu Mamá. ¡Qué dulce armonía hay entre Tú y María, qué suave encanto de amor que sube hasta el trono del Eterno y se extiende para salvación de todas las criaturas de la tierra! Oh Celestial Mamá mía, ¿sabes qué quiere de Ti el adorado Jesús? No quiere otra cosa que tu última bendición. Es verdad que de todas las partes de tu ser no salen sino bendiciones y alabanzas a tu Creador, pero Jesús al despedirse de Ti quiere oír las dulces palabras: “Te bendigo oh Hijo.” Y este te bendigo aleja todas las blasfemias de sus oídos, y dulce y suave desciende a su corazón; y casi como para poner una defensa a todas las ofensas de las criaturas, Jesús quiere tu “te bendigo.” Yo me uno a Ti, oh dulce Mamá, sobre las alas del viento quiero girar por el Cielo para pedir al Padre, al Espíritu Santo, a todos los ángeles, un “te bendigo” para Jesús, a fin de que yendo a Él le pueda llevar sus mirada, de cada pensamiento, bendiciones y alabanzas a Jesús, y si ninguno me las quiere dar, yo quiero darlas por ellos. Oh dulce Mamá, después de haber girado y vuelto a girar para pedir a la Trinidad Sacrosanta, a los ángeles, a todas las criaturas, a la luz del sol, al perfume de las flores, a las olas del mar, a cada soplo de viento, a cada llama de fuego, a cada hoja que se mueve, al centellear de las estrellas, a cada movimiento de la naturaleza un “te bendigo”, vengo a Ti y uno mis bendiciones a las tuyas. Dulce Mamá mía, veo que recibes consuelo y alivio por esto, y ofreces a Jesús todas mis bendiciones en reparación de las blasfemias y maldiciones que Él recibe de las criaturas. Pero mientras te ofrezco todo, oigo tu voz temblorosa que dice: “Hijo, bendíceme también a Mí.” Oh dulce amor mío, Jesús, bendíceme también a mí junto con tu Mamá, bendice mis pensamientos, mi corazón, mis manos, mis obras, mis pasos, y junto con tu Mamá bendice a todas las criaturas. Oh Madre mía, al mirar el rostro del adolorido Jesús, pálido, triste, desgarrador, se despierta en Ti el recuerdo de los dolores que dentro de poco Él deberá sufrir. Adivinas su rostro cubierto de salivazos y lo bendices, la cabeza traspasada por las espinas, los ojos vendados, el cuerpo desgarrado por los azotes, las manos y los pies traspasados por los clavos, y adonde quiera que Él está a punto de ir, Tú lo sigues con tus bendiciones, y junto contigo lo sigo también yo. Cuando Jesús sea golpeado por los azotes, coronado de espinas, abofeteado, traspasado por los clavos, dondequiera encontrará junto a tu “te bendigo”, el mío. Oh, Jesús, oh Madre, os compadezco; inmenso es vuestro dolor en estos últimos momentos, el corazón de uno parece que arranque el corazón del otro. Oh Madre arranca mi corazón de la tierra y átalo fuerte a Jesús, a fin de que estrechado a Él pueda tomar parte de tus dolores, y mientras os estrecháis, os abrazáis, os dirigís las últimas miradas, los últimos besos, estando yo en medio de vuestros dos corazones pueda recibir vuestros brazos, y junto contigo, oh dulce Madre, quiero seguir paso a paso al adorado Jesús con la intención de darle consuelo, alivio, amor y reparación por todos. Oh Jesús, junto a tu Mamá te beso el pie izquierdo suplicándote que quieras perdonarme a mí y a todas las criaturas por cuantas veces no hemos caminado hacia Dios. Beso tu pie derecho, perdóname a mí y a todos por cuantas veces no hemos seguido la perfección que Tú querías de nosotros. Te beso la mano izquierda pidiéndote nos comuniques tu pureza. Beso tu mano derecha, bendíceme todos mis latidos, pensamientos, afectos, a fin de que validados por tu bendición todos se santifiquen, y junto conmigo bendice también a todas las criaturas, y sella la salvación de sus almas con tu bendición. Oh Jesús, junto a tu Mamá te abrazo, y besándote el corazón te ruego que pongas en medio de vuestros dos corazones el mío, a fin de que se alimente continuamente de vuestros amores, de vuestros dolores, de vuestros mismos afectos, deseos y de vuestra misma Vida. Así sea.

* * *

SEGUNDA HORA

De las 6 a las 7 de la tarde

Jesús se separa de su Madre Santísima y se encamina al Cenáculo Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Mi adorable Jesús, mientras junto contigo he tomado parte en tus dolores y en los de la afligida Mamá, veo que te decides a partir para ir a donde el Querer del Padre te llama. Es tanto el amor entre Hijo y Madre que os vuelve inseparables, por lo que Tú te quedas en el corazón de la Mamá, y la Reina y dulce Mamá se deja en el tuyo, de otra manera os habría sido imposible el separaros. Pero después, bendiciéndoos mutuamente, Tú le das el último beso para darle fuerzas en los acerbos dolores que está por sufrir, le das el último adiós y partes. Pero la palidez de tu rostro, tus labios temblorosos, tu voz sofocada como si quisiera romper en llanto al decirle adiós, ¡ah! todo me dice cuánto la amas y cuanto sufres al dejarla, pero para cumplir la Voluntad del Padre, con vuestros corazones fundidos el uno en el otro, a todo os sometéis, queriendo reparar por aquellos que, por no vencer las ternuras de los parientes y amigos, los vínculos y los apegos, no se preocupan por cumplir el Querer Santo de Dios y corresponder al estado de permanezca con tu Mamá para consolarla y sostenerla mientras Tú te alejas, después apresuraré mis pasos para alcanzarte. Pero con sumo dolor veo que mi angustiada Mamá tiembla, y es tanto el dolor, que mientras trata de decir adiós al Hijo, la voz se le apaga en los labios y no puede articular palabra, casi desfallece y en su desfallecimiento de amor dice: “¡Hijo mío, Hijo mío, te bendigo! ¡Qué amarga separación, más cruel que cualquier muerte!” Pero el dolor le impide aún el hablar y la deja muda. Desconsolada Reina, déjame que te sostenga, te enjugue las lágrimas y te compadezca en tu amargo dolor. Mamá mía, yo no te dejaré sola, y Tú tenme contigo, enséñame en este momento tan doloroso para Ti y para Jesús lo que debo hacer, cómo debo defenderlo, cómo debo repararlo y consolarlo, y si debo dar mi vida para defender la suya.
No, no me separaré de debajo de tu manto, a una señal tuya volaré a Jesús y le llevaré tu amor, tus afectos, tus besos junto a los míos y los pondré en cada llaga, en cada gota de su sangre, en cada pena e insulto, a fin de que sintiendo Él en cada pena los besos y el amor de la Mamá, sus penas queden endulzadas. Después regresaré bajo tu manto, trayéndote sus besos para endulzar tu corazón traspasado. Mamá mía, el corazón me late fuertemente, quiero ir a Jesús, y mientras beso tus manos maternas bendíceme como has bendecido a Jesús y permíteme que vaya a Él. Mi dulce Jesús, el amor me descubre tus pasos y te alcanzo mientras recorres las calles de Jerusalén junto con tus amados discípulos; te miro y te veo aún pálido, oigo tu voz, dulce, sí, pero triste, tanto que rompe el corazón de tus discípulos, que por oírte así están turbados. “Es la última vez”, dices, “que recorro estas calles por Mí mismo, mañana las recorreré atado, arrastrado entre mil insultos.” Y señalando los lugares donde serás más deshonrado y maltratado, su ocaso el sol, y mañana a esta hora no estaré más, pero como sol resurgiré al tercer día.” Por tus palabras, los apóstoles quedan tristes y taciturnos y no saben qué responder. Pero Tú agregas: “Animo, no os abatáis, Yo no os dejo, siempre estaré con vosotros, pero es necesario que Yo muera por el bien de todos ustedes.” Al decir esto estás conmovido, pero con voz trémula continúas instruyéndolos. Antes de que entres en el cenáculo miras el sol que ya se pone, así como está por llegar al ocaso tu Vida; ofreces tus pasos por aquellos que se encuentran en el ocaso de la vida y les das la gracia de que la hagan terminar en Ti, reparando por aquellos que no obstante los sinsabores y los desengaños de la vida se obstinan en no rendirse a Ti. Después miras de nuevo a Jerusalén, el centro de tus prodigios y de las predilecciones de tu corazón, y que en pago te está preparando la cruz y afilando los clavos para cometer el deicidio, y Tú te estremeces, se te rompe el corazón y lloras por su destrucción. Con esto reparas por tantas almas consagradas a Ti, que con tanto cuidado tratabas de formar como portentos de tu amor, y ellas, ingratas, sin corresponderte, te hacen sufrir más amarguras. Quiero reparar junto contigo para endulzar el dolor de tu corazón. Pero veo que quedas horrorizado ante la vista de Jerusalén y retirando de ella tu mirada, entras en el cenáculo. amor mío, estréchame a tu corazón, a fin de que haga mías tus amarguras para ofrecerlas junto contigo, y Tú, mira piadoso mi alma, y derramando en ella tu amor, bendíceme.

* * *

TERCERA HORA

De las 7 a las 8 de la noche

Para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Oh Jesús, ya llegas al cenáculo junto con tus amados discípulos y te pones a cenar con ellos. Qué dulzura, qué afabilidad no muestras en toda tu persona al abajarte a tomar por última vez el alimento material. Allí todo es amor en Ti, también en esto no sólo reparas por los pecados de gula, sino que impetras también la santificación del alimento, y así como éste se convierte en fuerza, así nos obtienes la santidad hasta en las cosas más bajas y más comunes. Jesús, vida mía, tu mirada dulce y penetrante parece escrutar a todos los apóstoles, y aun en el acto de tomar el alimento tu corazón queda traspasado al ver a tus amados apóstoles débiles y vacilantes aún, especialmente el pérfido Judas que ya ha puesto un pie en el infierno. Y Tú desde el fondo de tu corazón amargamente dices: “¿Cuál es la utilidad de mi sangre? ¡He aquí un alma, tan beneficiada por Mí, y está perdida!” Y con tus ojos resplandecientes de luz lo miras, como queriendo hacerle comprender el gran mal cometido. Pero tu suprema caridad te hace soportar este dolor y no lo manifiestas ni siquiera a tus amados discípulos; y mientras te dueles por Judas, tu corazón quisiera llenarse de júbilo al ver a tu izquierda a tu amado discípulo Juan, tanto, que no pudiendo contener más el amor, atrayéndolo dulcemente a Ti le haces apoyar su cabeza sobre tu corazón, haciéndole sentir el paraíso por adelantado. Es en esta hora solemne que en los dos discípulos vienen representados los dos pueblos: el réprobo y el elegido. El réprobo en Judas, que siente ya el infierno en el corazón; y el elegido en Juan, que en Ti reposa y goza. Oh dulce bien mío, también yo me pongo cerca de Ti, y junto a tu amado discípulo quiero apoyar mi cabeza cansada sobre tu corazón adorable y rogarte que me hagas sentir, aun sobre esta tierra, las delicias del Cielo, y así, raptada por las dulces armonías de tu corazón, la tierra que nuevas almas se pierdan, haz que tu latido corriendo en el suyo les haga sentir los latidos de la vida del Cielo, como los siente tu amado discípulo Juan, y atraídas por la suavidad y dulzura de tu amor, todas puedan rendirse a Ti! Oh Jesús, mientras permanezco en tu corazón, dame también a mí el alimento como se lo diste a los apóstoles, el alimento de tu Divina Voluntad, el alimento del amor, el alimento de la palabra divina. Jamás me niegues, oh mi Jesús, este alimento que Tú tanto deseas darme, de modo de formar en mí tu misma Vida. Dulce bien mío, mientras me estoy a tu lado, veo que el alimento que tomas junto con tus amados discípulos no es otro que un cordero. Es el cordero que te representa, y así como en este cordero, por la fuerza del fuego, no queda ningún humor vital, así Tú, cordero místico, que por las criaturas debes consumirte todo por fuerza de amor, ni siquiera una gota de tu sangre conservarás para Ti, derramándola toda por amor nuestro. Así que, oh Jesús, nada haces que no represente a lo vivo tu dolorosísima Pasión, que tienes siempre presente en la mente, en el corazón, en todo, y esto me enseña que si también yo tuviera siempre delante a mi mente y en el corazón el pensamiento de tu Pasión, jamás me negarías el alimento de tu amor. ¡Cuánto te agradezco por esto! Oh mi Jesús, ningún acto se te escapa en que no me tengas presente y con el que no intentes hacerme un bien especial, por eso te ruego que tu Pasión esté siempre en mi mente, en mi corazón, en mis miradas, en mis obras, en mis pasos, a fin de que a donde quiera que me dirija, dentro y fuera de mí, te encuentre siempre presente a mí, y dame la gracia de que jamás olvide lo que has sufrido y padecido por mí. Esta sea para mí un imán, que atrayendo todo mi ser en Ti, no me deje alejarme de Ti.

* * *

CUARTA HORA

De las 8 a las 9 de la noche

La Cena Eucarística Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Dulce amor mío, incontentable siempre en tu amor, veo que al terminar la cena legal te levantas de la mesa y junto con tus amados discípulos elevas el himno de agradecimiento al Padre por haberos dado el alimento, queriendo reparar con esto todas las faltas de agradecimiento de las criaturas por los tantos medios como nos das para la conservación de la vida corporal. Por eso Tú, oh Jesús, en lo que haces, tocas o ves, tienes siempre en tus labios las palabras: “¡Gracias te sean dadas, oh Padre!” También yo, oh Jesús, unida contigo tomo las palabras de tus labios y diré siempre y en todo: “Gracias por mí y por todos”, para continuar la reparación por las faltas de agradecimiento. Pero, oh mi Jesús, parece que tu amor no tiene reposo, veo que de nuevo haces sentarse a tus amados discípulos, tomas una palangana con agua, te ciñes una blanca toalla y te postras a los pies de los apóstoles, en un acto tan humilde que te atrae la mirada de todo el Cielo y lo hace permanecer estático, los mismo apóstoles se quedan casi sin movimiento al verte postrado a sus pies. Pero dime amor mío, ¿qué quieres, qué pretendes con este acto tan humilde, humildad jamás vista y que jamás amor para tenerlas! Quiero, postrado a sus pies, con esta agua mezclada con mis lágrimas lavarlas de cualquier imperfección y prepararlas a recibirme en el sacramento. Me importa tanto este acto de recibirme en la Eucaristía, que no quiero confiar este oficio ni a los ángeles, ni siquiera a mi amada Mamá, sino que Yo mismo quiero purificarlas, aún las fibras más íntimas, para disponerlas a recibir el fruto del sacramento, y en los apóstoles era mi intención preparar a todas las almas. Intento reparar todas las obras santas y la administración de los sacramentos, sobre todo hechas por sacerdotes con espíritu de soberbia, vacías de espíritu divino y de desinterés. ¡Ah, cuántas obras buenas me llegan más para deshonrarme que para darme honor! ¡Más para amargarme que para complacerme! ¡Más para darme muerte que para darme vida! Estas son las ofensas que más me afligen. Ah, si hija mía, numera todas las ofensas más íntimas que se me hacen y repárame con mis mismas reparaciones, consuela mi corazón amargado”. ¡Oh mi afligido bien, hago mía tu Vida y junto contigo intento reparar todas estas ofensas! Quiero entrar en los más íntimos escondites de tu corazón divino y reparar con tu mismo corazón las ofensas más íntimas y secretas que recibes de tus más amados, y junto contigo quiero girar en todas las almas que te deben recibir en la Eucaristía, y entrar en sus corazones, y junto a tus manos pongo las mías para purificarlas. Ah, Jesús, con estas tus lágrimas y esta agua con las cuales lavaste los pies de los apóstoles, lavemos a las almas que te deben recibir, purifiquemos sus corazones, incendiémoslos, sacudamos de ellos el polvo con el cual están manchados, a fin de que recibiéndote, Tú puedas encontrar en ellas tus complacencias en vez de tus amarguras. Pero, afectuoso bien mío, mientras estás atento a lavar los pies de los apóstoles, te miro y veo que otro dolor traspasa tu corazón santísimo. Estos apóstoles representan a todos los futuros hijos de la Iglesia, y cada uno de ellos, representa la serie de cada uno de tus dolores. En uno las amor desmedido a los intereses; en San Pedro, la falla a los buenos propósitos y todas las ofensas de los jefes de la Iglesia; en San Juan, las ofensas de tus más fieles; en Judas todos los apostatas, con toda la serie de los graves males causados por ellos. ¡Ah! tu corazón está sofocado por el dolor y por el amor, tanto, que no pudiendo resistir te detienes a los pies de cada apóstol y rompes en llanto, y ruegas y reparas por cada una de estas ofensas, e imploras y consigues para todos el remedio oportuno. Jesús mío, también yo me uno a Ti, hago mías tus plegarias, tus reparaciones, tus oportunos remedios para cada alma. Quiero mezclar mis lágrimas a las tuyas, a fin de que jamás estés solo, sino que siempre me tengas contigo para dividir tus penas. Veo, dulce amor mío, que ya estás a los pies de Judas, oigo tu respiro afanoso, veo que no sólo lloras, sino que sollozas, y mientras lavas aquellos pies, los besas, te los estrechas al corazón, y no pudiendo hablar porque tu voz está ahogada por el llanto, lo miras con tus ojos hinchados por el llanto y le dices con el corazón: “Hijo mío, ah, te ruego con la voz de mis lágrimas: ¡No te vayas al infierno, dame tu alma que postrado a tus pies te pido! Di, ¿qué quieres? ¿Qué pretendes? Todo te daré con tal de que no te pierdas. ¡Ah, evítame este dolor, a Mí, tu Dios!” Y te estrechas de nuevo esos pies a tu corazón, pero viendo la dureza de Judas, tu corazón se ve en apuros, el amor te sofoca y estás a punto de desfallecer. Corazón mío y vida mía, permíteme que te sostenga entre mis brazos. Comprendo que estas son las estratagemas amorosas que usas con cada pecador obstinado, y yo te ruego, oh Jesús, mientras te compadezco y te doy reparación por las ofensas que recibes de las almas que se obstinan en no quererse convertir, que me permitas recorrer junto contigo la tierra, y donde estén los pecadores obstinados démosles tus lágrimas para ablandarlos, tus besos y tus abrazos de amor para encadenarlos a Ti, de manera que no te puedan huir, y así consolarte por está ya preparado el pan y el vino para la consagración. Te veo, corazón mío, que tomas un aspecto todo nuevo y nunca antes visto, tu Divina Persona toma un aspecto tierno, amoroso, afectuoso, tus ojos resplandecen de luz, más que si fueran soles; tu rostro encendido resplandece; tus labios sonrientes, abrasados de amor; y tus manos creadoras se ponen en actitud de crear. Te veo, amor mío, todo transformado, parece como si tu Divinidad se desbordara fuera de tu Humanidad. Corazón mío y Vida mía, Jesús, este aspecto tuyo jamás visto, llama la atención de todos los apóstoles, ellos son presa de un dulce encanto y no se atreven ni siquiera respirar. La dulce Mamá corre en espíritu a los pies del altar, para contemplar los portentos de tu amor; los ángeles descienden del Cielo y se preguntan entre ellos: “¿qué sucede? ¿Qué pasa?” ¡Son verdaderas locuras, verdaderos excesos! ¡Un Dios que crea, no el cielo o la tierra, sino a Sí mismo. ¿Y donde? ¡Dentro de la materia vilísima de un poco de pan y un poco de vino!
Pero mientras están todos en torno a Ti, oh amor insaciable, veo que tomas el pan entre las manos, lo ofreces al Padre y oigo tu voz dulcísima que dice: “Padre Santo, gracias te sean dadas, pues siempre escuchas a tu Hijo. Padre Santo, concurre conmigo, Tú un día me enviaste del Cielo a la tierra a encarnarme en el seno de mi Mamá para venir a salvar a nuestros hijos, ahora permíteme que me encarne en cada una de las hostias para continuar su salvación y ser vida de cada uno de mis hijos. Mira, oh Padre, pocas horas me quedan de vida, ¿cómo tendré corazón para dejar solos y huérfanos a mis hijos? Son muchos sus enemigos, las tinieblas, las pasiones, las debilidades a que están sujetos, ¿quién los ayudará? ¡Ah, te suplico que Yo permanezca en cada hostia para ser vida de cada uno y poner en fuga a sus enemigos, y ser su luz, fuerza y ayuda, de otra manera, ¿a dónde irán? ¿Quién los ayudará? Nuestras obras son eternas, mi amor es irresistible, no puedo ni quiero dejar a mis hijos.” El Padre se enternece ante la voz tierna y afectuosa del Hijo, y desciende pronuncia las palabras de la Consagración, y sin dejarse a Si mismo, crea a Si mismo en aquel pan y en aquel vino. Después te das en comunión a tus apóstoles, y creo que nuestra Celestial Mamá no quedó privada de recibirte. ¡Ah Jesús, los Cielos se postran, y todos te mandan un acto de adoración en tu nuevo estado de tan profundo aniquilamiento! Pero, oh dulce Jesús, mientras tu amor queda contentado y satisfecho no teniendo otra cosa qué hacer, veo, oh mi bien, sobre este altar, en tus manos, todas las hostias consagradas que se perpetuarán hasta el fin de los siglos, y en cada una de las hostias desplegada toda tu dolorosa Pasión, porque las criaturas, a los excesos de tu amor, corresponderán con excesos de ingratitud y de enormes delitos, y yo, corazón de mi corazón, quiero encontrarme siempre contigo en cada uno de los tabernáculos, en todos los copones y en cada una de las hostias consagradas que habrá hasta el fin del mundo, para ofrecerte mis actos de reparación a medida que recibes las ofensas. Por eso corazón mío, me pongo cerca de Ti y te beso la frente majestuosa, pero mientras te beso siento en mis labios los pinchazos de las espinas que circundan tu cabeza. Oh mi Jesús, en esta hostia santa no te limitan las espinas como en la Pasión, veo que las criatura vienen a tu presencia y en vez de darte el homenaje de sus pensamientos, te mandan sus pensamientos malos, y Tú de nuevo bajas la cabeza como en la Pasión para recibir las espinas de los malos pensamientos que se hacen en tu presencia. Oh mi amor, junto contigo la abajo también yo para dividir contigo tus penas, y pongo todos mis pensamientos en tu mente para quitar estas espinas que tanto te hacen sufrir, y cada pensamiento mío corra en cada pensamiento tuyo para hacerte el acto de reparación por cada pensamiento malo y así endulzar tus afligidos pensamientos. Jesús mío, bien mío, beso tus bellos ojos, te veo en esta hostia santa, con estos ojos amorosos, en acto de esperar a todos aquellos que vienen a tu presencia para mirarlos con tus miradas de amor, para tener la correspondencia de sus miradas amorosas, pero cuántos vienen a tu presencia y en vez de mirarte a Ti y buscarte a Ti, miran cosas que los distraen de Ti, y te privan del gusto del intercambio de las miradas entre y tenerlas siempre fijas en Ti. Jesús mío, amor mío, beso tus santísimos oídos, ah, te veo atento para escuchar lo que las criaturas quieren de Ti, para consolarlas, pero ellas, en cambio, te hacen llegar a los oídos oraciones mal hechas, llenas de desconfianza, oraciones hechas más por costumbre y sin vida, y tus oídos en esta hostia santa son molestados más que en la misma Pasión. Oh mi Jesús, quiero tomar todas las armonías del Cielo y ponerlas en tus oídos para repararte estas penas, y quiero poner mis oídos en los tuyos, no sólo para compartir contigo esta pena, sino para estar siempre atenta a lo que quieres, a lo que sufres, para poner pronto mi acto de reparación y consolarte. Jesús, vida mía, beso tu santísimo rostro, lo veo ensangrentado, lívido e hinchado. Las criaturas, oh Jesús, vienen ante esta hostia santa, y con sus posturas indecentes, con sus conversaciones malas que hacen delante a Ti, en vez de darte honor te dan bofetadas y salivazos, y Tú, como en la Pasión, con toda paz y paciencia los recibes, y todo soportas. Oh Jesús, quiero poner mi rostro junto al tuyo, no sólo para acariciarte y besarte conforme te llegan estas bofetadas y quitarte los salivazos, sino que quiero fundir mi rostro en el tuyo para dividir contigo estas penas, también quiero hacer de mi ser tantos diminutos pedacitos para ponerlos ante Ti como tantas estatuas arrodilladas continuamente, para repararte por todos los deshonores que te hacen en tu presencia. Jesús, mi todo, beso tu dulcísima boca. Ah, veo que al descender en los corazones de las criaturas, el primer apoyo que Tú haces es sobre la lengua. ¡Oh, cómo quedas amargado encontrando muchas lenguas mordaces, impuras, malas, ah, Tú te sientes atormentar por esas lenguas, y peor aun cuando desciendes a sus corazones. ¡Oh Jesús, si fuera posible quisiera encontrarme en la boca de cada una de las criaturas para endulzarte y repararte cualquier ofensa que recibas de ellas. Fatigado bien mío, beso tu santísimo cuello, te veo cansado, agotado y para encadenarlas a mi corazón; ¿pero sabes tú qué me hacen ellas a cambio? Muchas toman a mal estas mis cadenas, y por la fuerza se liberan de ellas y las hacen pedazos, y como estas cadenas están atadas a mi corazón, Yo quedo torturado y doy en delirio; al romper mis cadenas tiran al vacío mi trabajo que hago en el Sacramento, y buscan las cadenas de las criaturas, y esto lo hacen aun en mi presencia, sirviéndose de Mí para lograr sus intentos. Esto me da tanto dolor que me da una fiebre tan violenta que me hace desfallecer y delirar.” Prisionero de amor, Tú estás no sólo aprisionado sino también encadenado, y con ansia febril estás esperando los corazones de las criaturas para descender en ellos y salir de tu prisión, y con las cadenas que te ataban encadenar sus almas a tu Amor. Pero con sumo dolor ves que vienen ante Ti con un aire indiferente, sin premuras por recibirte; sus posturas indecentes, con sus conversaciones malas que hacen delante a Ti, en vez de darte honor te dan bofetadas y salivazos, y Tú, como en la Pasión, con toda paz y paciencia los recibes, y todo soportas. Oh Jesús, quiero poner mi rostro junto al tuyo, no sólo para acariciarte y besarte conforme te llegan estas bofetadas y quitarte los salivazos, sino que quiero fundir mi rostro en el tuyo para dividir contigo estas penas, también quiero hacer de mi ser tantos diminutos pedacitos para ponerlos ante Ti como tantas estatuas arrodilladas continuamente, para repararte por todos los deshonores que te hacen en tu presencia. Jesús, mi todo, beso tu dulcísima boca. Ah, veo que al descender en los corazones de las criaturas, el primer apoyo que Tú haces es sobre la lengua. ¡Oh, cómo quedas amargado encontrando muchas lenguas mordaces, impuras, malas, ah, Tú te sientes atormentar por esas lenguas, y peor aun cuando desciendes a sus corazones. ¡Oh Jesús, si fuera posible quisiera encontrarme en la boca de cada una de las criaturas para endulzarte y repararte cualquier ofensa que recibas de ellas. Fatigado bien mío, beso tu santísimo cuello, te veo cansado, agotado y para encadenarlas a mi corazón; ¿pero sabes tú qué me hacen ellas a cambio? Muchas toman a mal estas mis cadenas, y por la fuerza se liberan de ellas y las hacen pedazos, y como estas cadenas están atadas a mi corazón, Yo quedo torturado y doy en delirio; al romper mis cadenas tiran al vacío mi trabajo que hago en el Sacramento, y buscan las cadenas de las criaturas, y esto lo hacen aun en mi presencia, sirviéndose de Mí para lograr sus intentos. Esto me da tanto dolor que me da una fiebre tan violenta que me hace desfallecer y delirar.” Prisionero de amor, Tú estás no sólo aprisionado sino también encadenado, y con ansia febril estás esperando los corazones de las criaturas para descender en ellos y salir de tu prisión, y con las cadenas que te ataban encadenar sus almas a tu Amor. Pero con sumo dolor ves que vienen ante Ti con un aire indiferente, sin premuras por recibirte; otras de hecho no te reciben; y otras, si te reciben, sus corazones están atados por otros amores y llenos de vicios, como si Tú fueras despreciable, y Tú, vida mía, estás obligado a salir de estos corazones encadenado como entraste, porque no te han dado la libertad de hacerse atar, y han cambiado tus ansias en llanto. Jesús mío, permíteme que enjugue tus lágrimas y te tranquilice el llanto con mi amor, y para repararte te ofrezco las ansias y suspiros, los deseos ardientes que te han dado todos los santos que han existido y existirán, los de tu Mamá y el mismo Amor del Padre y del Espíritu Santo, y yo haciendo mío este Amor, quiero ponerme a las puertas del tabernáculo para hacerte las reparaciones y gritar detrás a las almas que quisieran recibirte para hacerte llorar, ‘te amo’, y tantas veces intento repetir estos actos de reparación, por cuantos contentos das a todos los santos, y por cuantos movimientos contiene la Santísima Trinidad. Coronada Mamá, te beso el corazón y te pido que custodies mis afectos, mis deseos, mis latidos, mis pensamientos, y que los pongas como lámparas a la puerta de los tabernáculos para cortejar a Jesús. te ruego, para consolarte por las ofensas que recibes y para repararte por tus cadenas que son hechas pedazos, que encadenes mi corazón con todas estas cadenas para poder darte por todos mi correspondencia de amor. Jesús mío, flechero divino, beso tu pecho. Es tal y tanto el fuego que él contiene, que para dar un poco de desahogo a tus llamas que se elevan tan alto, Tú, queriendo hacer un descanso en tu trabajo, quieres jugar en el Sacramento, y tu juego es formar flechas, dardos, saetas, a fin de que cuando vengan ante Ti, Tú te pongas a jugar con las criaturas, haciendo salir de tu pecho tus flechas para flecharlas, y cuando las reciben Tú haces fiesta y formas tu juego, pero muchas, oh Jesús, te las rechazan, enviándote en correspondencia flechas de frialdad, dardos de tibieza y saetas de ingratitud; y Tú quedas tan afligido por esto, que lloras porque las criaturas te hacen fracasar en tu juego de amor. Oh Jesús, he aquí mi pecho dispuesto a recibir no sólo tus flechas destinadas para mí, sino también aquellas que te rechazan los demás, y así no quedarás más frustrado en tus juegos, y quiero también repararte por las frialdades, las tibiezas y las ingratitudes que recibes. Oh Jesús, beso tu mano izquierda y quiero reparar por todos los tocamientos ilícitos y no santos hechos en tu presencia, y te ruego que con esta mano me tengas siempre estrechada a tu corazón. Oh Jesús, beso tu mano derecha, e intento reparar todos los sacrilegios, especialmente las misas malamente celebradas. ¡Cuántas veces, amor mío Tú eres obligado a descender del Cielo a las manos de los sacerdotes, que en virtud de su potestad te llaman, y encuentras esas manos llenas de fango, que chorrean inmundicia, y Tú, aunque sientes náusea de esas manos te ves obligado por tu amor a permanecer en ellas! Es más, en algunos sacerdotes, Tú encuentras en ellos a los sacerdotes de tu Pasión, que con sus enormes delitos y sacrilegios renuevan el deicidio. ¡Jesús mío, me da espanto el sólo pensarlo! Y otra vez, como en la Pasión, te estás en aquellas manos indignas, como manso corderito, esperando de nuevo tu muerte. ¡Oh Jesús, cuánto sufres, Tú quisieras una mano amorosa para liberarte de esas manos sanguinarias! Ah, te y mi corazón como consuelo y refugio, y mientras estés en mí yo te rogaré por los sacerdotes, para que sean dignos ministros tuyos, y no pongan en peligro tu Vida Sacramental. Oh Jesús, beso tu pie izquierdo, y quiero repararte por quienes te reciben por rutina y sin la debidas disposiciones. Oh Jesús, beso tu pie derecho, y quiero repararte por aquellos que te reciben para ultrajarte. Ah, te ruego que cuando se atrevan a hacer esto, renueves el milagro cuando Longinos te traspasó el corazón con la lanza, y al flujo de aquella sangre que brotó, tocándole los ojos lo convertiste y lo sanaste, y así, a tu toque Sacramental, conviertas las ofensas en amor. Oh Jesús, beso tu corazón, contra el cual se hacen todas las ofensas, y yo intento repararte de todo, y por todos darte una correspondencia de amor, y siempre junto contigo compartir tus penas. Ah, te ruego celestial flechero de amor, si alguna ofensa huye a mi reparación, aprisióname en tu corazón y en tu Voluntad, a fin de que nada se me escape. Rogaré a la dulce Mamá que me tenga alerta, y junto con Ella te repararemos todo y por todos, juntas te besaremos, y haciéndonos tu defensa alejaremos de Ti las olas de las amarguras que recibes de las criaturas. Ah Jesús, recuerda que también yo soy una pobre encarcelada, es verdad que tu cárcel es más estrecha, cual es el breve giro de una hostia, por eso enciérrame en tu corazón, y con las cadenas de tu amor no solo aprisióname, sino ata uno por uno mis pensamientos, mis afectos, mis deseos, átame las manos y los pies a tu corazón para que yo no tenga otras manos y otros pies que los tuyos. Así que, amor mío, mi cárcel será tu corazón, las cadenas el amor, las puertas que me impedirán salir será tu Santísima Voluntad, tus llamas serán mi alimento, tu respiro será el mío, así que no veré más que llamas, no tocaré sino fuego, que me darán vida y muerte, como la que al encarcelarte en la hostia, el ser desencarcelado por las almas que te reciben, tomando vida en ellas? Por eso, en señal de amor bendíceme y dame un beso, yo te abrazo y permanezco en Ti. Pero, oh dulce corazón mío, veo que después de que has instituido el Santísimo Sacramento y que has visto las enormes ingratitudes y ofensas de las criaturas, si bien quedas herido y amargado, no te haces para atrás, es más, quieres ahogarlo todo en la inmensidad de tu amor; veo que instruyes a tus apóstoles, y después agregas que lo que has hecho Tú lo deben hacer ellos también, dándoles potestad de consagrar, y de tal manera los ordenas sacerdotes e instituyes este otro sacramento. Así que, oh Jesús, en todo piensas y todo reparas, las predicaciones mal hechas, los sacramentos administrados y recibidos sin disposiciones, y por eso, sin efectos; las vocaciones equivocadas de los sacerdotes, por parte de ellos como por parte de quien los ordena, no usando todos los medios para conocer las verdaderas vocaciones. Nada se te escapa, oh Jesús, y yo quiero seguirte y reparar todas estas ofensas.
Después de que has dado cumplimiento a todo, en compañía de tus apóstoles te encaminas al huerto de Getsemaní para dar principio a tu dolorosa Pasión. Te seguiré en todo, para hacerte fiel compañía.

* * *

QUINTA HORA

De las 9 a las 10 de la noche

Primera hora de agonía en el Huerto de Getsemaní Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Mi afligido Jesús, como por una corriente eléctrica me siento atraída a este huerto, comprendo que Tú, imán potente para mi herido corazón me llamas, y yo corro pensando entre mí: “¿Qué son estas atracciones de amor que siento en mí? ¡Ah, tal vez mi perseguido Jesús se encuentra en estado de tal amargura, que siente la necesidad de mi compañía!” Y yo vuelo, ¿pero qué?, me siento horrorizada al entrar en este huerto, la oscuridad de la noche, la intensidad del frío, el lento moverse de las hojas, que como tristes y débiles voces, anuncian penas, tristezas y muerte para mi dolorido Jesús. El dulce centellear de las estrellas, que como ojos llorosos están todas atentas a mirarlo, y haciendo eco a las lágrimas de Jesús me reprochan por mis ingratitudes, y yo tiemblo y a tientas lo voy buscando, lo llamo: “Jesús, ¿dónde estás? ¿Me llamas y no te dejas ver? ¿Me llamas y te escondes?” Pero todo es terror, todo es espanto y silencio profundo. Pongo atentos mis oídos y oigo un respiro afanoso, y es precisamente a Jesús a quien encuentro, pero qué cambio funesto, no es más el dulce Jesús de la cena eucarística, en donde su rostro resplandecía con una belleza deslumbrante y raptora, sino que está triste, con una tristeza mortal que desfigura su natural belleza. Ya su voz, porque parece que muere. Por eso me abrazo a sus pies; me hago más atrevida y me acerco a sus brazos, le pongo la mano en la frente para sostenerlo y en voz baja lo llamo: “Jesús, Jesús.” Y Él, sacudido por mi voz, me mira y me dice: “Hija, ¿estás aquí? ¡Ah! te estaba esperando, y era esta la tristeza que más me oprimía, el total abandono de todos, y te esperaba a ti para hacerte ser espectadora de mis penas, y hacerte beber junto conmigo el cáliz de las amarguras que dentro de poco mi Padre Celestial me enviará por medio de un ángel. Lo beberemos juntos, no será un cáliz de consuelo sino de amarguras intensas, y siento la necesidad de que alguna alma amante beba alguna gota al menos, por eso te he llamado, para que tú lo aceptes y compartas conmigo mis penas y me asegures que no me dejarás solo en tanto abandono”. ¡Ah! sí, mi atormentado Jesús, beberemos juntos el cáliz de tus amarguras, sufriremos juntos tus penas y no me apartaré jamás de tu lado.
Y el afligido Jesús, después de habérselo asegurado, entra en agonía mortal, sufre penas jamás vistas ni entendidas, y yo, no pudiendo resistir y queriendo compadecerlo y aliviarlo le digo: “Dime, ¿por qué estás tan triste, afligido y solo en este huerto y en esta noche? Es la última noche de tu vida sobre la tierra, pocas horas te quedan para dar principio a tu Pasión. Creí encontrar aquí al menos a la Celestial Mamá, a la amante Magdalena y a tus fieles apóstoles, en cambio te encuentro solo, en poder de una tristeza que te da muerte despiadada, sin hacerte morir. Oh mi bien, mi todo, ¿no me respondes? ¡Háblame! Pero parece que te falta la palabra, tanta es la tristeza que te oprime. Pero, oh mi Jesús, tu mirada, llena de luz, sí, pero afligida e indagadora, que parece que buscas ayuda, tu rostro pálido, tus labios abrazados por el amor, tu Divina Persona que tiembla toda de pies a cabeza, tu corazón que late fuerte, fuerte, y aquellos latidos buscan almas y te dan tal afán que parece que de un momento a otro expires, me dicen que estás solo y por eso buscas mi compañía.” ¡Heme aquí oh mi Jesús, toda para Ti, junto contigo! Mi corazón no resiste el verte tirado en la tierra; te tomo entre todo, reparación por todo, y por todo, al menos compadecerte. Pero, oh mi Jesús, mientras te tengo entre mis brazos, tus sufrimientos se acrecientan, siento, oh vida mía, correr en tus venas un fuego, y siento que la sangre te hierve y quiere romperlas para salir fuera. Dime amor mío, ¿qué tienes? No veo flagelos, no espinas, no clavos ni cruz, no obstante apoyando mi cabeza sobre tu corazón siento que crueles espinas te traspasan la cabeza; azotes despiadados no te dejan a salvo ninguna parte, ni dentro ni fuera de tu Divina Persona; tus manos paralizadas y contraídas más que por clavos. Dime dulce bien mío, ¿quién tiene tanto poder, aun en tu interior, que te atormenta y te hace sufrir tantas muertes por cuantos tormentos te da? Ah, me parece que Jesús bendito abre sus labios moribundos y me dice: “Hija mía, ¿quieres saber quién me atormenta más que los mismos verdugos? Es más, estos verdugos son nada en comparación de esto. Es el Amor Eterno que queriendo el primado en todo, me está haciendo sufrir todo junto y en las partes más íntimas lo que los verdugos me harán sufrir poco a poco. Ah, hija mía, es el amor el que prevalece en todo sobre Mí, y en Mí el amor me es clavo, el amor me es flagelo, el amor me es corona de espinas, el amor me es todo, el amor es mi Pasión perenne, mientras que la de los hombres es temporal. Ah hija mía, entra en mi corazón, ven a perderte en mi amor, pues sólo en mi amor comprenderás cuánto he sufrido y cuánto te he amado, y aprenderás a amarme y a sufrir sólo por amor.” Oh mi Jesús, ya que Tú me llamas dentro de tu corazón para hacerme ver lo que el amor te hace sufrir, yo entro en él. Pero mientras entro veo los portentos del amor, que no te corona la cabeza con espinas materiales, sino con espinas de fuego; que no te azota con látigos de cuerdas, sino con látigos de fuego; que te crucifica no con clavos de fierro, sino de fuego; todo es fuego que penetra hasta los huesos, y en la misma médula, convirtiendo toda tu Santísima Humanidad en fuego, te da penas mortales, ciertamente más que en la misma Pasión, y prepara amor, y veo que para poder entrar en el amor y comprenderlo, debería ser toda amor! ¡Oh mi Jesús, no lo soy…! Pero ya que Tú quieres mi compañía y quieres que entre en Ti, te suplico que me conviertas toda en amor. Por eso te pido que corones mi cabeza, cada uno de mis pensamientos con la corona del amor; te suplico, oh Jesús, que me azotes con el flagelo del amor mi alma, mi cuerpo, mis potencias, mis sentimientos, mis deseos, mis afectos, en suma, todo, y en todo quede flagelada y sellada por el amor. Haz, oh amor interminable, que no haya cosa en mí que no tome vida del amor. Oh Jesús, centro de todos los amores, te suplico que claves mis manos, mis pies con los clavos del amor, a fin de que toda clavada por el amor me convierta en amor, el amor entienda, de amor me vista, de amor me alimente, el amor me tenga toda clavada en Ti, a fin de que ninguna cosa, dentro y fuera de mí, se atreva a tocarme y desviarme y alejarme del amor, oh Jesús.

* * *

SEXTA HORA

De las 10 a las 11 de la noche

Segunda hora de agonía en el Huerto de Getsemaní Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Oh mi dulce Jesús, ya ha pasado una hora desde que te encontré en este huerto; el amor ha tomado el primado en todo, haciéndote sufrir todo junto, todo lo que los verdugos te harán sufrir a lo largo de tu amarguísima Pasión; es más, suple y llega a hacerte sufrir lo que ellos no pueden hacerte, en las partes más íntimas de tu Divina Persona. Oh mi Jesús, te veo vacilante en los pasos, no obstante quieres caminar. Dime, oh mi bien, ¿a dónde quieres ir? Ah, he entendido, quieres ir a encontrar a tus amados discípulos; yo quiero acompañarte a fin de que si Tú vacilas yo te sostenga. Pero, oh mi Jesús, otra amargura para tu corazón, ellos duermen, y Tú siempre piadoso los llamas, los despiertas, y con amor todo paterno los amonestas y les recomiendas la vigilia y la oración, y regresas al huerto, pero te llevas otra herida en el corazón. En esa herida veo, oh amor mío, todas las heridas de las almas consagradas a Ti, que, o por tentaciones, o por estado de ánimo, o por falta de mortificación, en vez de estrecharse a Ti, de vigilar y orar, se abandonan a sí mismas, y soñolientas, en vez de progresar en el amor y en la unión contigo, retroceden. Cuánto te compadezco, oh amante apasionado, y te reparo todas las ingratitudes de todo y todo olvida. Te veo postrado por tierra y oras, te ofreces, reparas y en todo buscas glorificar al Padre por las ofensas hechas a Él por las criaturas. También yo, oh mi Jesús, me postro contigo y junto contigo intento hacer lo que haces Tú. Pero, oh Jesús, delicia de mi corazón, veo que en tropel todos los pecados, nuestras miserias, nuestras debilidades, los delitos más enormes, las más negras ingratitudes te vienen al encuentro, se te arrojan encima, te aplastan, te atacan, te hieren, y Tú, ¿qué haces? La sangre que te hierve en las venas hace frente a todas estas ofensas, rompe las venas y como ríos sale fuera, te baña todo, corre por tierra, y das sangre por ofensas, vida por muerte. ¡Ah amor, a qué estado te veo reducido! Tú expiras. Oh mi bien, dulce vida mía, no te mueras, levanta la cara de esta tierra que has bañado con tu santísima sangre, ven a mis brazos, haz que yo muera en vez de Ti.
Pero oigo la voz trémula y moribunda de mi dulce Jesús que dice: “¡Padre, si es posible pase de Mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la Tuya!” Ya es la segunda vez que oigo

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